Ojos entornados.

El símbolo como señal para reconocerse. Vislumbrado desde el lienzo de la indiferencia, un hombre de ojos mustios se aproxima; la albura de su existencia inicial se torna gris, ¡Pérfida cualidad cromática!

El ojo yace obsecuente ante la presentación esquiva del mundo; un ojo ya absorto en el designio de lo funesto. Lo humano fluía en ese entonces, otros caminaban, mientras el ojo mustio en calina circundante mira, posa sus ojos; y se subsume. Una complacencia pervertida lo abstiene de seguir leyendo, el rostro extraviado de un miserable; la impresión de inminente tristeza en las esferas de un perro que soslaya la mano comprensiva; esto. El enconado hombre toma sus injurias, las protege, se asoma a la hondonada adversa y se detiene; el globo inmóvil en sus cuencas herrumbrosas rehúyen de algo, en tanto la luna vacilante vierte una luz trémula. Un hombre lee un libro, se inventa un futuro, o lo destruye; impelido ante la ya tenue resistencia el de los ojos mustios lo aborda; aguarda estático pues condensadas fuerzas se despiden, lo turba; algo sucede. La flor ceñida a la tierra observa. De pie, entrelazando sus manos contempla a la flor. La estela de la vida pasada se aparta, cede. Algo sucede. Aguarda extático.

Imagen

(Extraída de las magníficas esculturas de Javier Garcés) http://garcesjavier.blogspot.com/search/label/Texts

Sucede, pues, que el hombre de los ojos entornados, ha eclosionado.

Hombre, que ante la madre gestante, ella, de la cual ha germinado, que se halla sola, caminando, observando con ojos impávidos cómo el implacable tiempo desola, acariciándose el vientre; la mira con entornados ojos. Quizá temeroso no se acerque para ofrecer fugaz alegría; pero será mirada, pensada, sin cometer el yerro de abandonarla.

El ensueño insostenible del hombre con los ojos entornados, ya con los ojos raidos de ejercicio entornante; desdeña, entre ustedes, señores, al de la vigilia distendida, al que propende al sueño como motivación primigenia, no como la convalecencia en lugares remotos que filtran en la carne el ímpetu de seguir, de franquear al letargo que somete, a lo infructuoso. Abatido puede hallarse este hombre y quizá “vos lo sabés tan objetivamente como yo”; y en sus comisuras pervive la sempiterna grieta de la aflicción pero advierte que ni una risa debe ser descuidada, que el sosiego es provisorio, la muerte avizora y aun nos guarda, pero que ensalza la victoria, el pómulo elevado, la sonrisa furibunda. El ojo entornado, entrecerrado, entonces señores, es una labor, una actitud, no un pesimismo, sino un humanismo. Significa el perpetuo análisis de cada aparente minúscula situación, de cada contrariedad; requiere el severo enjuiciamiento de las mismas que no se enquiste en elaboración mental, en labia introspectiva, sino en la restauración del orden extraviado.

Queremos señores, que duden, duden de sus convicciones, disgreguen sus certezas; que analice, escriba, se sensibilice, se impresione, durante la lucha contra las voces que resuman de sus cuerdas herrumbrosas; que ejerza su pensamiento, quizá no tan libre para arrojarlo ante la formulación exigua; que disienta del otro, o no, y que juntos se introduzcan en el paramo insalvable de la verdad con la implícita advertencia de su escurridiza forma, con la premisa latente de su intrincada o imposible aprehensión. Inermes en las postrimerías del tortuoso itinerario, reconoceremos que pensamos en probable detrimento de nuestra satisfacción más ordinaria por una más elevada.

El de los ojos entornados resuelve que la existencia del tiempo es la vil creación de los que no aman; y aquí emplazados, erigen un orden universal, desdeñan el relativismo e inician por palpar la verdad. Entonces el tacto trepidante entre libros y el cuerpo de la mujer encomiada se precipitará en la cabeza que lo gobierna; ahora aprenderá a vivir de lo que piensa.

El ojo entornado entrevé la desidia del pueblo, impreca al desvinculado; el sesgo que se forma en el frente es el símbolo con el que nos reconocemos, señores.Ante la displicencia; nosotros, no. Decimos no porque “el artista -nosotros lo somos en cuanto pugna en nuestra esencia las ansías de redimir el orden subvertido- que no siente las agitaciones, las inquietudes, las ansias de su pueblo y de su época, es un artista de sensibilidad mediocre, de comprensión anémica”.

Solo ansiamos, señores, que ustedes, con los ojos entornados, escudriñen.

“Si en el primer instante sintió vaciarse sus pupilas para abarcar la inmensidad, ahora la inmensidad se las llenaba”.

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